domingo, 25 de marzo de 2012

COLOMBIA, PANAMA Y MEXICO EN LAS RUEDAS DE UN JET



Esta historia tiene muchos años que fue publicada, de hecho la revista ya no existe, logre rescatar la historia pues para esa época se me hace una proeza, que muchos han querido imitar siendo fallidos los intentos.
                                                                                  

   México D.F. Marzo de 1967

Narrado por: Francisco Cuevas García
Escrito por: Felipe Garrido
Transcrito por: César Alfonso Peña

Vivo desde que nací, hace 18 años, a la orilla de la carretera Panamericana, en la curva de entrada a Querétaro. Soy el sexto de 10 hermanos y mi madre, viuda, vive de una tiendita que se llama Don Poncio. Mis amigos siempre andan pensando en conocer otros lugares. Se juntan tres o cuatro y se van a México, a Acapulco, a Guadalajara. Allá buscan trabajo, se divierten y a los 15 días regresan amolados, flacos y con nostalgia. A mí me invitaron muchas veces, pero nunca quise ir. Me decía “cuando me vaya tiene que ser muy lejos y por mucho tiempo”.
En enero de 1966, cuando tenía tres meses sin trabajo, le dije a mi jefecita: -Me voy a México a ver qué pasa.
En México conseguí empleo. Como ayudante de plomero en un edificio que estaban construyendo en el Paseo de la Reforma. Estaba contento que ni me acorde de escribir a Querétaro, pero a las tres semanas me fastidio el trabajo. Me pagaban muy poco y todo se me iba en el hotel y las comidas.
 Unos cuates que conocí en México me invitaron al carnaval de Veracruz. Llegamos al puerto y nos instalamos en un hotel del centro. Nos dedicamos a la gran vida: baños de mar, comilonas y fiestas.
Como a los cuatro días se nos acabo el dinero y nos pusimos a buscar trabajo. Uno de mis amigos lo conseguí en una panadería. El otro ni me acuerdo donde. Yo entre como ayudante de estibador a los muelles. En las mañanas trabajábamos y en las tardes gozábamos del carnaval. Hubo días en que yo gane 60 pesos.
Por fin mis amigos decidieron regresar. Yo me quede en el puerto. De tanto ver los barcos, de tanto platicar con marineros, me dieron ganas de viajar por mar. Un día vi un bonito carguero y decidí abordarlo. Averigüe la hora de salida y me fui al muelle para ver cómo me subía. Pase horas en espera de que el guardia se descuidara, pero no se movía de la escalerilla. Por fin me arme de valor y empecé a subir. Iba por la mitad cuando el vigilante, desde arriba me dijo que estaba prohibido subir.
-Voy a ver a mi tío, que está trabajando allá- le dije señalando hacia un grupo de estibadores. Vacilo un momento y luego me dijo: - bueno, pero después sales- y me dejo pasar.

COLOMBIA
Apenas me perdió de vista el guardia, me metí de cabeza bajo una lona de un bote salvavidas. No sabía a dónde iba el barco, ni de que nacionalidad era; la verdad no se me ocurrió pensar en eso hasta después. Luego me puse nervioso “mejor me bajo”- pensaba – pero me armaba de valor: “¿Qué pues, que tanto miedo?”  Mejor me dormí para no estar pensando.
Al día siguiente me despertó el sol, que calentaba la lona con ganas. Me asome y vi agua por aquí, por allá por todas partes. “A ver si no me mareo”, me dije, mientras me acomodaba buscando sombra. Para la tarde no aguantaba el hambre. Me asomaba, veía a los marineros en sus ocupaciones y volvía a esconderme. Hasta que me decidí. “Ni modo que me vayan a echar al agua”, pensé y salí del bote. Empecé a caminar por la cubierta hasta que me descubrieron.
-¡Eres un menso, muchacho! ¡No sabes lo que has hecho! – me dijo un marinero. ¡Ahora te van a echar al mar! – me amenazo otro mientas me llevaba con el capitán.
El capitán ordeno que tomaran mis datos, que me dieran un camarote y comida, y después me dijo que al llegar a Colombia me entregaría a las autoridades. – Estas muy muchacho como para que te demos trabajo; además no tienes papeles y eres mejor de edad.
Después de cuatro días y cuatro noches llegamos al puerto de Cartagena, en Colombia. Allí me quede detenido como extranjero. Me dijeron que no había delito que perseguir, pero que me tenía que quedar en la cárcel hasta que escribieran a México para que mi madre me reclamara. Me trataban muy bien y me hice gran amigo del celador.
Pasaron 4, 5, 6 días y no había noticias. “Estos ni escribieron y me van a dejar aquí” – pensé, y empecé a idear como escaparme. Dos días después le pedí al celador que me dejara ir al baño.
-¡No  la amueles!  Ya sabes que no puedes salir de tu celda a esta hora –me dijo el guardia, pero yo empecé a llorarle hasta que me dio permiso advirtiéndome que tuviera cuidado para que nadie se diera cuenta.
En los baños había una barda que terminaba en alambre de púas, pero no era muy alta. Apenas llegue, que me la salto, y no acababa de caer al otro lado cuando ya estaba corriendo a toda velocidad.
Llegue a una gasolinera y me puse a pedir aventón. – ¿para dónde vas muchacho? –me decían pero yo son sabia que contestar, pues ni sabia como se llamaban los pueblos. Por fin llegue a una ciudad que se llama Medellín.
En Medellín conseguí trabajo en una vulcanizadora. Estuve allí hasta que junte 80 pesos y después me fui de aventón  a Bogotá, la capital de Colombia. Pague una semana de hotel y dedique los primeros días a conocer la ciudad.

NOVILLEROS EN HUELGA
No es tan grande como la ciudad de México, pero si mucho más que Querétaro. Hay muchos dichos y cosas diferentes a los de México y estas cosas nuevas me interesaban, por ejemplo para decirle a uno si quiere un refresco, le dicen: “¿No le provoca una gaseosa?”. (Yo me moría de risa al oírlo). A los campesinos les dicen llaneros, y andan con una trenza por atrás. Yo me divertía con esas cosas hasta que se me acabo el dinero y tuve que buscar chamba.
Con lo agitado de la situación en Colombia –guerrilleros, bandoleros, pandilleros- todo el mundo, hasta los niños, necesitan cargar credenciales, papeles de sanidad, certificados de estudios, servicio militar, etc. Cuando yo llegaba a buscar trabajo, lo primero que me pedían eran los papeles, y yo ¿Cuáles papeles? De manera que pasaron los días y días y no conseguí nada. Pronto empezó a faltarme de comer.
Una tarde pase frente a la plaza de toros y vi a un grupo de novilleros en huelga. Tenían sus banderas rojinegras, sus carteles de protesta y unas tiendas donde dormían. Les pedí permiso para quedarme –no muchacho, así han llegado muchos y nada más nos vuelan los capotes- me dijeron. Les prometí no robarme nada y les dije que venía desde México. Apenas oyeron “México”, me dejaron quedarme.
Me dieron de cenar, me presentaron con todo el mundo y platicamos de toros. Pase allí como dos semanas, mientras buscaba trabajo, pero acabe convenciéndome de que sin papeles no iba a conseguir nada. Una noche, mientras cenábamos les pregunte que por qué no trabajaban.
-Nosotros no nacimos para trabajar. Nacimos para llegar a la inmortalidad en el arte del toreo –me dijeron-. Cuando nos ofrecen trabajo lo rechazamos.
Les pedí que me pasaran alguna de las ofertas que les hacían y cuatro días después me llevaron con un decorador que necesitaba un ayudante. Me empleé con él por 8 pesos diarios y la promesa de aumentarme el sueldo en cuanto aprendiera bien el oficio.
A los 15 días ya era capaz de reparar cualquier persiana y esto era casi todo el trabajo, pero el decorador no quiso subirme el sueldo. Me decía que no podía darme más. Nos disgustamos. Y me quede otra vez en la calle.

NOSTALGIA
Me acorde de una señora a quien le habíamos prometido pasar para arreglarle sus persianas. Fui a verla y con 30 pesos que tenía compre el material que necesitaba y arregle sus cortinas. Cuando termina ella las probó y sin más averiguaciones me dio los 120 pesos de la compostura. “Metí 30 pesos, saque 120, o sean 90 de ganancia. ¡Pues está bueno!”, pensé.
Luego luego me puse a trabajar por mi cuenta. Compre herramientas y fui haciendo mi clientelita. Algunos días tenía tantos llamados que no me alcanzaba el tiempo para atenderlo. Hasta que ocupe a otro muchacho. Me sobraba el dinero, iba al futbol, a los toros, al cine. No tenía preocupaciones.
Un día empecé a pensar en México. “Yo por aquí gastando y m jefa quizás anda apurada”, me decía. No le escribía para no asustarla: ella me creía en México. Me entraron ganas de regresar, pero no sabía cómo.
Pensé en ir a ala embajada y no lo hice por miedo de que me reclamara la policía colombiana por haberme escapado de la cárcel en Cartagena. En esas andaba, cuando un día fui al aeropuerto con unos amigos.
-¿Cuánto hace uno de estos a México?- le pregunte a un muchacho que iba conmigo, señalándole un gigantesco avión. –cuatro horas más o menos, me respondió. Cuando oí eso, mi cabeza empezó a dar vueltas. “Yo me regreso en avión”, decidí por dentro.
Las semanas siguientes las pase en el aeropuerto. Me di cuenta de que para revisar el avión, los mecánicos entraban por la pansa que se abre para sacar o meter el tren de aterrizaje. Yo no sabía que había allá adentro, pero ese era el único lugar donde podía colarme.
Supe que Avianca volaba a México los lunes, miércoles y viernes y me dedique a observar la salida de estos aviones. Para acomodarse en la pista los jets se iban en una dirección y al llegar al final del tramo daban vuelta, se detenían, aceleraban al máximo sus motores y arrancaban. Mi oportunidad era ese minuto de inmovilidad antes del despegue.
Trate de viajar un viernes, pero perdí tanto tiempo tratando de que no me vieran los de la vigilancia, que el avión se me fue. El lunes empecé a rodear la pista desde las doce del día. El avión salía a las 17:15.
Aproveche unos matorrales para pasar entre los guardias sin que me vieran. Del otro lado del campo aéreo había un pueblito y si alguno me vio seguramente pensó que yo iba hacia allá. Cuando llegué al recodo de la pista donde el avión debía dar vuelta, me escondí entre las yerbas para esperarlo.

EN LAS ENTRAÑAS DEL JET
Aquel día salían tres aviones de Avianca. Uno iba a Europa, otro a Nueva York y el tercero a México, pasando por Panamá. El de México era el último en salir. Vi despegar los dos primero y después empezó la hora más larga de mi vida. Me puse nervioso. “¿Apoco ya se me fue?”, pensaba. Me desespere tanto que fui caminando hasta las oficinas del aeropuerto.
-En 30 minutos sale –me informaron. Salí y empecé a caminar de regreso. Tenía ganas de correr, pero, aunque casi era de noche –en Bogotá comienza a oscurecer temprano- tenía miedo de que me sorprendiera un vigilante y no quería arriesgar nada. De repente oí un ruido tremendo: el jet venia por la pista y yo todavía no llegaba al lugar donde podía abordarlo.
Cuando el aparato paso cerca de mi abandone toda precaución y trate de alcanzarlo, pero el aire no me dejaba avanzar. En eso llego al final de la pista y dio vuelta. En cuanto se detuvo trepe por la rueda delantera y me metí en la panza.
La oscuridad era casi absoluta y yo apenas tenía tiempo para buscar un lugar donde afianzarme. En unos minutos funcionara el mecanismo del jet para meter las ruedas y yo no estaba firme me podía caer. El avión iba a toda velocidad cuando encontré un tubo que salía de una de las paredes y tenia forma de grapa. Acababa de colocarme dentro de la “grapa” cuando se abrió el piso. Entraron un ruido y un viento espantosos. Sentía que iba a caer pero las ruedas subieron rápidamente, el piso volvió a cerrarse y quede a oscuras, atrapado en mi rincón.
De Bogotá a Panamá, el vuelo fue perfecto. No me mareé, ni me dio sueño y el aterrizaje me pareció muy suave. Salí de mi escondite y estire las piernas en el espacio de las ruedas, mientras los mecánicos hacían una rápida revisión. Alcance a verlos examinando las llantas con unas lamparotas, pero casi inmediatamente volví a mi “grapa” y no me vieron.
Creí que me había colocado como antes, pero alfo debió fallarme, porque al subir las ruedas estas me prensaron una pierna y me lastimaron. Perdí el optimismo, y ahora el avión se movía más, porque empecé a marearme y a sentir frio. Mi chamarra de lana no me servía de nasa. Temblaba, sentí que el cuerpo se me dormía y después creo que perdí el conocimiento.
 Desperté en el momento en que se abrió el piso. Cuando el avión quedo quieto trate de salir, pero no pude; estaba paralizado y me entro miedo. Sabía que estaba en México. Me atormentaba pensar: “No vaya a salir otra vez el avión y me lleve a otro lado”. Empecé a gritar: -¡Sáquenme de aquí! –pero con una voz tan débil que yo creía que nadie me iba a oír.
Por suerte los mecánicos me oyeron, me bajaron y llamaron a la Cruz Roja. Se armo un gran revuelo y una enfermera me puso una jeringota en un brazo. -¿Sientes calor? –me pregunto. Al ratito empecé a sentirlo. Al mismo tiempo pude doblar otra vez los brazos y las piernas. Hacia nueve meses que había salido de mi casa.
A la cuatro de la tarde del mismo día salí del hospital y me llevaron a la Secretaría de Gobernación y a Migración. Al día siguiente me mandaron a Querétaro. -¡Muchacho estas bien loco! –me dijo mi jefa cuando me vio.
No sé qué pensar de mi aventura. A veces me gustaría ya no hablar de ella. A veces me gusta acordarme. Me da gusto saber que nadie ha hecho lo que yo hice. Mucha gente ha venido a verme, a entrevistarme, pero yo no he sacado ni un centavo de todo esto. El periódico El Sol de México me ofreció una beca que quizás acepte, pero yo preferiría un trabajo en una fábrica. Estudie nada más hasta tercero de primaria. Con mi edad, empezar ahora en cuarto, sin nadie que ayude a mi madre, porque mis hermanos mayores están casados y cada quien tiene sus compromisos, no creo que resulte. Yo sé que lo que más me conviene es un trabajo obrero. Lo único que sé es arreglar persianas, pero aquí no hay.


Vaya que gran relato que por cierto me tomo más de 2 horas transcribirlo de la revista que les mencione, quién sabe que sea de Francisco en la actualidad, si ya habrá muerto, si vive aún, de los novilleros, de todos los que menciona en su narración. 

Saludos pues a todos mis amigos de Colombia y esperando sus comentarios…